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Cinco: Indiferencia

 Llevaba dos noches sin dormir, ahora el frío apaciguaba la energía que corría dentro.    ¿Seguir dentro? Claro, aquí el aire es conocido y la oscuridad no trae visitas indeseables: esos cabrones que buscan algo en medio de la nada, que vienen cada que se quedan sin nada, que creen que les daré jale.    Bola de pendejos; aquí cada quien de rasca con sus propias uñas, ¿O qué? ¿Cuando eran morros les ayudaban con la tarea? ¿Les daban de tragar a la hora que quisieran? ¿No verdad? ah pues así mero aquí hay que chingarle culos; nada es gratis y nadie te regala nada (a menos que nazcas en una familia "acomodada" que en realidad vive, traga y respira del trabajo de todos esos idiotas bola de weyes que se la viven trabajando en empresas, siendo explotados, fucking babosos)    Bueno pero eso me vale verga ¿En qué estábamos? Ah sí; salir: ni vergas, tal vez en algún momento de la mañana me de hambre, unos tacos o algo rápido me hará buen paro.    Un sonido fuerte lo hizo acercarse a l

Cuatro: granizo

Llovía un poco y el calor se dispersaba; hacia varios meses que no sentía ésta humedad ligera azul celeste.    Las casas juntas, la calle tan movida hacía un par de horas donde lxs compas de comunidad pasaban apresurados, sin mirar fijamente mucho tiempo nada ni nadie, tal vez pensando, como muchos otros más de nosotros, en qué haremos mañana para conseguir lana.    Las gotas frías resonaron en los techos de lámina, haciendo más escándalo de la llovizna que degeneró en un granizo tupido unos minutos más adelante. Pensó en las suculentas que había sacado a la intemperie ese mismo día, bajo el argumento de que ya habían pasado las heladas...    Atinó a resguardarse en una tienda de ropa la cuál estaba siendo atendida por una jovencita de pelo chino y brillante. Ya antes la había visto y sabía que bajo esa sudadera hacía un cuerpo de notable belleza.    Fue entonces que los vio por primera vez, corriendo bajo la aún llovizna clara y ligera que despejó el sopor vespertino del caluroso

Tres: la muerte de la tarde

La encontró entre los árboles, manchada de sangre. Pensó que tal vez habían maltratado a su vecina con la misma soga. Recordó la tarde que estuvieron pegando carteles con su cara en las calles, también, que cada vez que rompía la cinta con pegamento las manos le sudaban, la realidad parecía alejarse, su mamá y su hermano parecían perderse entre los adoquines rotos; creía poder sentir empatía con los hijos de la desaparecida.    Recogió y observó la riata, esa mancha oscura bien podría ser otro líquido menos sombrío, ¿Aceite tal vez? de cualquier forma sólo fue una herramienta para infligir dolor; ya no estaba cerca el maldito ser que la había utilizado (¿O si? Nunca hubo nadie señalado como culpable de la agresión y ya habían pasado al menos cinco años).    Intentó imaginar el frío que debió sentir al estar afuera entre los árboles en la noche, el rocío condensado en su piel como cuando uno duerme al lado de la fogata y las ganas de ir por más leña son indescriptiblemente resbaladiza

Dos: raspando el corazón, la penca.

Llegó cuando el momento de partir estaba cerca, entonces lo vio y le dijo que el lugar preciso era unas casas mas arriba, la siguió y encontraron una camioneta con el cofre abierto.    — ¿La tienes lista o que es lo que le falta?    — Ya con esto queda'l tiro, la otra vez que se quedó sin frenos tuvimos que saltar.    No sabía qué le hacía sentir seguridad: su precisión al no derramar el líquido de frenos, la mirada fija con que arrancaba palabras y las lanzaba con gracia delante del caballo que parecía hablar a la vez.    — ¿Quién iba contigo?    — Mi hermano, le dije que se preparara por que si no nos arrojábamos seguro íbamos a morir. Mi papá pago catorce mil por descuajar el frente que parecía un acordeón.    Llevaba ropa vieja, desgastada por el trabajo en la milpa. Sus manos colmadas de anillos parecían cálidas como carbones prendidos en la noche, su pelo oscuro recogido detrás no se alejaba mucho de unos hombros pequeños que daban la sensación de que era una mujer sin
Uno: la mañana, larga.    Durante la estancia en el comedor donde a veces desayunaban las compañeras del otro edificio, un alegre olor a pan tostado lleno su estómago, no se detuvo por que ya había comido algo en el camino: fruta simple y sencilla ya que no podía manejar y desayunar algo más complicado. Siempre se interesó por permanecer con vida: después de dar vueltas en la carretera y terminar casi orinado por el miedo y la felicidad de salir entero de aquel aturdimiento matutino.    Por varias semanas había soportado el tiempo perdido dentro del carro, el tiempo que se resbalaba dentro del olvido y la rutina. Supo que duraría algunos años, que la estabilidad que provee el dinero ganado de una forma corriente, sin exponer demasiado la vida, sin tener demasiados remordimientos ni culpa por cuidar el medio ambiente y la salud de las personas. De cualquier forma, el sistema no se desengrana con el esfuerzo del individuo.    Así clamaba la voz de la razón, de la comodidad. Así pudo s

Descarga o liberación

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Entonces detuvo el auto, el aire reverberaba con el calor remanente aun cuando el sol ya no estaba a la vista. Solo el resplandor morado, naranja y rojo alumbraba las nubes, blancas de otra manera si la luz que las iluminaba no se encontrara en el otoño de su existir diurno. La presión de existir, todo el peso de la responsabilidad de acudir diario al puesto de trabajo, de manejar por una hora a través de la neblina matutina, la fuerza y voluntad necesaria para mantener la calma y contestar con cortesía se situó justo debajo del vientre, en cada bache la presión aumentaba hasta convertirse en punzada, que desaparecía al siguiente instante, hasta caer en el próximo agujero en la carretera (¿quien debería de taparlos...? ¿no es para eso alguno de los múltiples impuestos que resta nuestra despensa?). Fue suficiente. Bajó del carro, sin quitar las llaves para no estropear esa melodía que imprimió un sabor sombrío a la tarde. Bajó y liberó todo el peso en un fluido translúcido y
Quiero compartir este poema de Carolyn Forché (Detroit, 1950) <3 El Barquero Éramos treinta y un almas durante toda la noche, dijo, en el gris-enfermo de mar en un bote de goma fría, subiendo y bajando en nuestra suciedad. Por la mañana esto no importa, sin tierra a la vista, todos estaban empapados hasta los huesos, vivos y muertos. Todavía podríamos flotar, decíamos, de la guerra a la guerra. Que había detrás de nosotros, sino ruinas de piedra apiladas en ruinas de piedra? Ciudad llamada “madre de los pobres” rodeada de campos de algodón y mijo, ciudad de joyeros y fabricantes de mantos, con la iglesia más antigua de la cristiandad y la Espada de Alá. Si alguien permanece allí ahora, asegura, estará completamente solo. Hay un hotel que lleva su nombre en Roma a doscientos metros de la plaza de España, donde se puede tomar el desayuno bajo los retratos de estrellas de cine. Allí, el personal no puede hacer más por ti. Pero yo estoy hablando tontería